Biografía

Ryszard Kapuściński. Los cínicos no sirven para este oficio.

Ryszard Kapuściński, reconocido y admirado periodista, escritor, historiador y ensayista; autor de culto, de mirada lúcida y voz de narrador; peculiar, tierno, irónico, observador detallista, profundamente político, casi filosófico, auténtico animal de la comunicación y máximo exponente de la crónica internacional en esta última mitad del siglo XX. Nació en Pinsk (ciudad de profunda mezcolanza cultural, un poleshuk de aquellas ciudades cosmopolitas destruidas por el comunismo, la guerra fría y las fronteras, hoy Bielorrusia, tras haber pertenecido históricamente a Polonia) el 4 de marzo de 1932. .

En su dilatada y absolutamente intensa carrera periodística fue testigo, y principal informador, entre otros hechos, de la llegada de la descolonización y la consiguiente independencia del Tercer Mundo, el golpe de estado en Chile o la revolución en Irán; presente en 27 revoluciones, vivió en primera persona 12 frentes de guerra y fue condenado en 4 ocasiones a ser fusilado. Un auténtico periodista de vocación; honesto, comprometido, arriesgado, audaz, un curioso insaciable, un maestro para muchos, ejemplo para casi todos, un impagable espejo en el que procurar reflejarse y, esperemos, referente para el desgraciadamente perdido periodismo actual.

Con el recuerdo de no haber tenido un par de buenos zapatos hasta llegar a la preadolescencia o de no haber leído un libro hasta cumplidos los 12 años, tuvo, como comentaría sin vergüenza más de una vez, una infancia difícil (influenciada sobre todo por el delicado contexto histórico de la época) que le predispondría, tanto al periodismo ético como a su futura y de sobra característica implicación personal con los afectados y con el tema a tratar, que impregnarían su obra, y que se traducían en una máxima que repetía a menudo: “No se puede escribir de alguien con quien no has compartido como mínimo algún momento de su vida”. Esa actitud, así como la práctica de un periodismo honesto con tintes filosóficos -“se puede se escéptico, pero no cínico: el cinismo te aleja de la gente; los cínicos no sirven para este oficio”- le convertirían en uno de los profesionales más aclamados, respetados y sinceramente admirados de nuestra época.

Considerado uno de los mejores reporteros internacionales debutó con 17 años en la revista polaca “Hoy y mañana”. Ingresó en 1951 en la Universidad de Varsovia, licenciándose en Historia llegando a obtener un master en Arte (1955). Posteriormente impartiría clases en las Universidades de Caracas (1978) y en la Temple University de Filadelfia (1988) como profesor visitante, y como lector en Harvard, Londres, Canberra, Bonn y la British Columbia University de Vancouver (Canadá)

Entre los años 1959 y 1981, hastiado de la censura polaca, colaboró con diversos periódicos y revistas internacionales de manera que, a pesar de continuar trabajando como corresponsal para la agencia de noticias Polish Press en África, Asia y América Latina, escribía igualmente para medios tan prestigiosos como la revista Time, The New York Times y el Frankfurter Allgemeine Zeitung, siendo considerado uno de los mejores reporteros del mundo y de quien un autor como Paul Auster señaló, en su propuesta para la candidatura del periodista al Premio Príncipe de Asturias que “no puedo pensar en otro escritor o novelista vivo, poeta o ensayista cuyo trabajo sea más importante para mí”. Destacaba en él su incansable capacidad de trabajo, una irrepetible combinación de periodismo muy documentado -“para escribir una página se han de haber leído 100″, aconsejaba-, una capacidad de análisis de las situaciones socioculturales típica de gran cronista y un estilo literario entre lo poético y la fabulación que le permitieron granjearse el respeto de propios y extraños.

Miembro de varios consejos editoriales, compaginó desde 1962 sus colaboraciones periodísticas con una prolífica actividad literaria, entablando a raíz de esto amistad con autores de la talla de Gabriel García Márquez (que se referiría a Kapuscinski como “maestro”). La mutua admiración entre García Márquez y el reportero polaco se plasmó en los talleres de periodismo que dio a principios de este siglo en algunas capitales latinoamericanas Es autor de diecinueve libros de los que se han vendido cerca de un millón de ejemplares, habiéndose, incluso algunos, traducido a más de treinta idiomas. Bus po polsku (1962) fue la primera de sus obras, a la que siguieron títulos como El Emperador (1978, sobre la decadencia del reinado en Etiopía de Haile Selassie), El Sha (1987, en el que aplicaría su característico toque de ironía y capacidad de observación, tan típicos en él como su afición al detalle chocante e inesperado), La guerra del fútbol (1992), Lapidarium (1990), El imperio (1994, sobre la descomposición de la Unión Soviética), Ébano (una de sus obras canónicas en las que “el enviado de Dios”, como le calificaba John Le Carré se sumergió en el continente que apenas existía (existe) rehuyendo y esquivando las paradas obligadas, los estereotipos y los lugares comunes; para vivir en las casas de los arrabales más pobres plagadas de cucarachas y aplastadas por el calor; enfermar de malaria; correr peligro de muerte perseguido por los guerrilleros y sufrir en primera persona el miedo y la desesperanza como medio para lograr conformar este testimonio incomparable), así como el genial libro de fotografías Desde Africa (2000) o los más reciente “Los cínicos no sirven para este oficio”, “Los cinco sentidos del periodista”, “El mundo de hoy” y su última obra “Viajes con Heródoto”, publicada en 2006 en la que en un complicado ejercicio, viaja a través del tiempo y las culturas de la mando del historiador (compañero de vocación) griego.

Kapuscinski se convirtió así en el escritor polaco más traducido y publicado en el extranjero. En sus textos supo compaginar la gran historia general con la pequeña que afecta a cada individuo. Como autor de culto, de análisis fino y pormenorizado de los hechos, en sus escritos mezcla periodismo, historia y filosofía. Su visión más política que simplemente lineal de los acontecimientos, que imbuyó sus primeros textos, fue poco a poco superada por su interés por los aspectos culturales y antropológicos del tema. En sus últimos años se interesaría particularmente por los procesos relacionados con la globalización y las consecuencias que pueden tener para la civilización humana.

Las últimas entrevistas e intervenciones de Kapuscinski estuvieron teñidas de la incertidumbre que hoy acongoja al futuro de los medios de comunicación tradicionales. Pensaba que la revolución tecnológica no debía hacer olvidar los procedimientos tradicionales del mismo. “No sea que por miedo a morir nos suicidemos”, decía. Opinaba que es paradójico que se nos trate de imponer la idea de que el desarrollo digital de los medios de comunicación ha conseguido unir a todas las partes del planeta en la globalización cuando, al mismo tiempo, la temática internacional ocupa cada vez menos espacio en esos medios, ocultada por la información local, por los titulares sensacionalistas, los cotilleos, los personajillos y toda esa información mercancía o pseudos-información.

En uno de sus últimos seminarios un joven le preguntó cuál era el principal riesgo que corría, según él, el periodista en el ejercicio de su profesión. Y Kapuscinski respondió: “el principal peligro es la rutina. Uno aprende a escribir una noticia con rapidez, y a continuación corre el riesgo de estancarse, de quedarse satisfecho con ser capaz de escribir una noticia en una hora, convencido de que eso es todo lo que requiere el periodismo. Ésta es una visión nefasta de la práctica profesional. El periodismo es un acto de creación” Una gran lección; su última lección.

Nombrado Doctor Honoris Causa en nada menos que siete ocasiones por la Universidad de Cracovia, la Universidad de Gdansk, Universidad de Wroclaw, Universidad de Silesa, la Universidad de Barcelona y la Universidad Ramon Llull (en cuyo discurso señaló además de que “La guerra es una derrota para la humanidad porque, además de poner en tela de juicio la bondad y la inteligencia, manifiesta el fracaso del ser humano: su incapacidad de entenderse con otros, de ponerse en su piel, sentirse “orgulloso” por el título recibido y “honrado” de poder “formar parte de la comunidad universitaria e, indirectamente, de la ciudadanía barcelonesa”) Ha obtenido de igual manera diversos galardones por su creación literaria: como el premio Alfred Jurzykowski (Nueva York, 1994), el Hansischer Goethe (Hamburgo, 1998), el Imegna (Italia, 2000), el Prix de l´Astrolabe, el J. Parandowsky del Pen Club y el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades concedido 2003

Ryszard Kapucinksi falleció el 23 de enero de 2007, a los 75 años de edad, en Varsovia.

“Porque nosotros nos vamos y nunca más regresamos, pero lo que escribimos sobre las personas se queda con ellas por el resto de su vida…”

El frente huele a cinco estrellas

En el frente donde se pierden las guerras no suenan los disparos. Sólo se escucha el eco suave del descorchar de una botella de un buen vino, el sonido del teclado de un teléfono móvil mientras se escribe un SMS a la retaguardia y ese blablá monocorde que tienen las conversaciones insustanciales de los que todo lo saben. Expertos, diplomáticos, ministros, periodistas, espías, observadores, mercenarios (perdón: miembros de empresas privadas de seguridad) y buscones varios pululan por los conflictos protegidos por un aparataje de seguridad tan seguro que incluso les previene de ver la realidad.

Cada guerra tiene un oasis amurallado. En Afganistán se llama hotel Serena. Detrás de sus medidas de seguridad, muy notables desde el atentado talibán que en enero de 2008 mató a siete personas, se esconde un remanso que nada tiene que ver con el resto de Kabul. Incluso el aire que se respira en su jardín es más puro, como si polvo que envuelve a la capital afgana se detuviese en sus muros, erecto como el mar Rojo tras las órdenes de Moisés.

En el vestíbulo del Serena, luminoso por sus mármoles beige, ocre y blanco, no se pueden hacer fotos. Tampoco en la entrada repleta de mojones anti coche-bomba y expertos que lo registran todo. La mayoría de los empleados son ismaelíes, chiíes de la secta nazarí, que gobierna un Aga Khan desde 1818. El actual, llamado Kari al Husain, es el dueño del establecimiento.

Sentarse enfrente de la recepción permite observar la misma porción de la realidad que ve Bernard Kouchener, el ministro francés de Exteriores, que de tanto y venir por las moquetas del mundo debe pensar que todo el planeta es así de confortable. También se ve una pléyade de diplomáticos secretear con un buen café por medio con periodistas en lugares discretos como la sala Char Chata.

Hay clientes que deambulan por los pasillos como si el hotel Serena fuese una pasarela, que lo es. Los que se mueven disfrazados de exploradores africanos son por lo general miembros de los servicios privados de mercenarios, tan dados al gimnasio, el uniforme y la exhibición. Los diplomáticos, más si son ingleses, llevan un traje de color crema bastante arrugado. Cada arruga debe ser una conversación secreta mal planchada. Tener muchas arrugas en la ropa es un síntoma de saber escuchar, de paciencia política, más que de permanecer demasiadas horas sentado.

Los hoteles de lujo en zona de guerra son, por lo general, un objetivo militar. El Serena lo es. Hace diez días fue atacado sin graves consecuencias cuando dos cohetes impactaron contra el edifico. Debe ser el precio de cada una de las 177 habitaciones, el mármol del suelo o el vestido de algunos empleados sacados de alguna postal ismaelita, lo que empuja a sus clientes sentirse invulnerables.

También ayudan bastante los controles de seguridad y todos esos guardas locales cuyo objetivo vital es cobrar en dólares. Los guardas van armados con unos vetustos Kalásnnikov y por el manejo que muestran del arma pueden ser más peligrosos que un comando dispuestos a llegar a paraíso en trozos, según les descompone la explosión y el fanatismo.

Como le sucediera al joven Ryszard Kapuscinski en Angola, tras la independencia de Portugal, la noticia bélica no está en el campo de batalla sino en los barcos fondeados en Luanda. Si aquellos buques permanecían atracados, no habría ataque. Si zarpaban para fondear algo más lejos, el peligro era inminente.

En Kabul no hay puerto ni mar, solo periodistas, espías, diplomáticos y políticos que se comportan como los barcos angoleños. A más periodistas, más guerra, más espectáculo pero menos noticias. Un sarcasmo que desfila con los tiempos de venta de humo al por mayor que nos tocó vivir.

Reliquias del comunismo, atracción de turistas

Cuenta Milan Kundera en «El libro de la risa y el olvido» cómo Clementis, líder comunista checo, le dejó su sombrero a su superior, Klement Gottwald el día en que éste último proclamó, en Praga, el nacimiento de la bohemia comunista. Era 1948 y la foto de ambos se hizo famosa. Años más tarde a Clementis le acusaron de traidor. En el partido optaron por borrar su rastro y le eliminaron de aquella mítica fotografía. Desde entonces, Gottwald aparece solo, pero ¡ojo!, con el gorro de Clementis en la cabeza.

La historia se repite con otros nombres. También Stalin trató de borrar a Trotski… Y ahora son las ex repúblicas soviéticas las que quieren eliminar la huella de la URSS. La fiebre por aniquilar el pasado soviético comenzó al caer el muro de Berlín. Este hecho marcó el ocaso de una etapa: el fin de la Guerra Fría, de la Europa dividida, la agonía de un régimen que aún herido de muerte sobrevivió dos años más, ya que la Unión Soviética como tal no dejó de existir hasta 1991. Hasta un mítico 25 de diciembre cuando Mijail Gorbachov, entonces secretario general del Partido Comunista dimitió y la bandera roja con la hoz y el martillo desapareció del Kremlin en la Plaza Roja de Moscú. Han pasado veinte años, el mapa de Europa se ha transformado y situar esos estados que lograron su independencia tras caer el muro es tarea de sobresaliente. Más fácil es agruparlos bajo el término «repúblicas ex soviéticas», pero ese apodo no sienta bien. «No queremos que el nombre de nuestro país se asocie con esa etapa de su pasado», comenta Raimundas, lituano y ejemplo de lo poco orgullosos que están en esta pequeña república báltica de haber pertenecido a la URSS. Al pasear por las calles de Vilnius, su capital, pocos detalles recuerdan los años pasados. Ni una escultura, ninguna hoz y el martillo esculpida en la fachada de los edificios. Nada.

El caso de Lituania no es excepcional. El escritor polaco Ryszard Kapuscinski recuerda en «El Imperio» cómo a mediados de 1991, en Ucrania, (meses antes de la independencia) apenas quedaban en las calles de Kiev esculturas del líder de la revolución bolchevique. Curioso si tenemos en cuenta que durante los años del dominio soviético se calculaba que podría haber, sólo en Ucrania, unos ¡cinco mil monumentos dedicados a Lenin!. Era la ley. Su imagen debía estar presente en fábricas, escuelas, hospitales, cuarteles, puertos, estaciones, universidades, parques… La misma consigna era válida en la URSS y en Europa del Este.

Hoy, sólo los turistas preguntan por estos detalles. Y sólo en Rusia los guías muestran esas reliquias con cierto orgullo. Por ejemplo, al bajar al metro de Moscú, una gran obra construida durante el gobierno de Stalin donde todavía son visibles no sólo imágenes de Lenin. En muchas estaciones siguen presentes las doctrinas y opulencias de aquel sistema.

¿Por qué no dejan en paz a Lenin?
Más confusa es la visita a la plaza Roja de Moscú y al mausoleo donde aún yace el cuerpo momificado del primer presidente soviético. Entrar es gratis. Y según la temporada, las colas eternas. Se puede contratar un guía extraoficial que se salta la espera, eso sí, tras pagar 15 euros, costumbre típica en Rusia donde todo se agiliza a cambio de dinero. «Es una de las herencias del viejo sistema», comenta Igor, 50 años, guía turístico, antes militar, uno de esos miles de moscovitas confundidos y desencantados de vivir en un país donde, asegura, «nunca nadie ha conseguido nada». No entiende por qué la gente hace cola para ver a Lenin, no comprende por qué no le dejan reposar en paz. Es uno de los muchos rusos que aún confía en la ideología de la Revolución, que cree en el sueño de Lenin y que no soporta que pasen ante él turistas poco respetuosos, con chanclas y chicle y charlando mientras miran de qué color es la corbata de su camarada.

Con guía o sin él, agentes de la policía rusa, con pocos modales, obligan a dejar en una consigna todo lo que el visitante lleve encima: bolso, cámaras, móviles… El camino hacia el mausoleo pasa ante las tumbas de otros presidentes como Stalin, Breznev, Andropov, Chernienko… hasta llegar a Lenin, quien reposa cual muñeco en una urna de cristal. Al contemplarlo, choca pensar que murió ¡en enero de 1924! Cuentan que en aquella jornada los termómetros marcaban ¡cuarenta grados bajo cero!. A pesar del frío gélido una multitud salió a la calle. Había hogueras en todo Moscú y la marcha fúnebre sonaba por doquier, acompañada de explosiones de dinamita. Otro de esos días históricos para la historia de Rusia y del mundo.

Para profundizar en los orígenes de la Revolución lo mejor es viajar a San Petersburgo, antes Leningrado, donde el crucero Aurora sigue anclado en el río Neva. Se conserva tal cual estaba cuando Lenin hizo aquel disparo histórico que anunció el ataque Palacio de Invierno. Fue el principio del fin de los Romanov, el desenlace de la Rusia de los zares, el inicio de un nuevo poder en el Kremlin. Mientras estos días Berlín celebra la «Fiesta de la Libertad» en San Petersburgo un grupo de nostálgicos se ha concentrado un año más ante el Aurora para recordar que un día como el de ayer, es decir, un 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre por el calendario juliano vigente entonces en Rusia) la revolución bolchevique se hizo realidad, hace 92 años. Fechas cercanas pero celebraciones contrarias.

Las muescas del pasado sobreviven en Rusia pero casi se han evaporado en el resto de repúblicas que estaban bajo el poder de los soviets. Volvemos a Lituania, donde la memoria histórica hace hincapié en lo malo. Por ejemplo, en el museo de las Víctimas de Genocidio. Ocupa las instalaciones de la que fue sede de la policía soviética, la KGB y todo sigue igual: las celdas, los gélidos y húmedos pasillos, las cámaras de tortura, los despachos… Durante la visita se advierte que la URSS ocupó Lituania el 15 junio de 1940. A partir de entonces se prohibieron los partidos, las asociaciones y todo lo relacionado con la independencia. Durante el primer año hubo más de once mil arrestos y familias enteras fueron deportadas a Siberia.

Camino de Siberia
Hay otro lugar en Lituania donde el tiempo se ha dormido. Es el parque Grutas, un museo extraño pegado a la frontera con Bielorusia, donde se esconden reliquias soviéticas: bustos de líderes, periódicos, documentos y hasta el vagón de un tren oxidado donde viajaban los deportados a Siberia. Casi todos quienes se acercan a visitar esta insólita exposición son occidentales. A los locales, no les hace gracia.

Lo mismo ocurre en la prisión de Patarei, en Tallín, capital de Estonia. Digno escenario de una película de terror donde también todo se conserva intacto. Funcionó como cárcel entre 1912 y 2002 y si sus desconchadas paredes hablasen contarían que en los años del terror de Stalin, gran parte de los presos que se pudrían en aquellas celdas mugrientas eran gentes de la calle, delatada por sus propios vecinos y cuyo crimen era ser «enemigos del pueblo». Eran los años de los informes, de la policía secreta, de los espías en los que todo el mundo estaba obligado a servir con absoluta lealtad al partido. Las detenciones, los interrogatorios y las torturas se repetían cada día. Por eso las ventanas de algunas celdas están tapiadas, al igual que los sótanos de la sede de la KGB en Tallín. Aquellas paredes de ladrillo evitaban que los gritos de los detenidos se oyesen desde la calle.

Mientras lituanos, estonios, ucranianos, polacos, rumanos, búlgaros… trabajan duro para borrar su memoria histórica hay otros destinos como Berlín donde no se esconde. Sí, han pasado veinte años desde la caída del muro y la capital alemana es una referencia de la modernidad llena de edificios vanguardistas firmados por grandes arquitectos. Pero aún son numerosos los detalles que recuerdan aquellos veintiocho años de separación.

La avenida Unter der Linden está llena de puestos donde venden trozos de muro, gorras militares, matrículas originales de viejos coches trabant, pegatinas e imanes con las siglas DDR… Hay exposiciones conmemorativas frente a los lugares míticos en la historia de la RDA, un museo dedicado exclusivamente a la vida en aquellos años (el DDR museum)… y cada vez son más quienes se acercan hasta East Side Gallery donde se conserva el trozo de muro más largo de Berlín.

Todo cabe en la maleta del viajero ávido de trofeos. Pero no todos los berlineses están a favor de que la ciudad se haya convertido en un parque temático del pasado, no sólo en la parte oriental. En Berlín occidental reinaba otro fantasma, el del Tercer Reich. Ambos eslabones de la historia del siglo XX se han visto obligados convivir en Berlín y a compartir los flashes de los visitantes que pasan del museo de Checkpoint Charlie, paso fronterizo que separaba el sector soviético del americano, a fotografiar la exposición titulada «topografía de terror» sita en el edificio de oficinas de la Gestapo y de las SS, y compuesta por paneles donde se narran algunas de las barbaridades de los nazis.

Y de ahí, al monumento memorial del Holocausto, casi tres mil bloques de hormigón dispuestos a modo de tumbas construido sobre el búnker de Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi. La polémica en su momento fue intensa. ¿Debía sellarse el búnker o abrirse al público? ¿Deberían los checos haber borrado el gorro de Clementis? ¿Deberían derrumbar los barrios de edificios de viviendas grises que evidencian el pasado de toda Europa del este? ¿Es posible enterrar al genio de la historia?

La historia de Cuba es la historia por la libertad

Hace más de una década, Jorge Moreta (Salamanca, 1972) visitó Cuba por primera vez. Prendado de la isla, el periodista regresó dos años después y el sentir del pueblo cubano comenzó a calar en su espíritu, creándole la necesidad de escribir un libro de viajes en el que recorriera la historia de las personas que salían a su paso en un recorrido contra el tiempo a lo largo de más de tres mil kilómetros. Ahora, tras un exhaustivo proceso de documentación, ha publicado ‘Cuba más allá de Fidel’ (Altaïr, 17 euros), un volumen con imágenes del editor gráfico de la Agencia Ical, Eduardo Margareto, en el que ha buscado dar forma al libro que a él le hubiera gustado leer.

Comenta en su libro la sensación de añoranza de Cuba que sintió poco después de haber pisado la isla por primera vez.

Es una sensación de la que había oído hablar, pero que nunca había sentido hasta que llegué allí: la nostalgia de lo que no conoces. Al rato de estar allí, tuve la sensación de que llevaba toda la vida, con una sensación muy fuerte de deja vú. He añorado durante muchos años algo que no conocía, y esa impresión me marcó mucho.

¿Le gusta la literatura de viajes? ¿Quiénes son sus maestros en el género?

Siempre me ha gustado mucho leer narrativa de viajes. Empecé con Javier Reverte y sus libros de África, y luego he ido leyendo un poco de todo, con títulos que para mí son de viajes como ‘Ébano’, de Ryszard Kapuscinski, o incluso ‘En el camino’, de Jack Kerouac; al final pensé por qué no podía intentar hacer algo así de Cuba. Me lo tomé con calma y me empecé a documentar; durante tres o cuatro años habré leído unos doscientos libros de Cuba, y al final parecía que estaba haciendo una tesina. Cuba es inagotable. Empiezas con la Guerra de la Independencia, sigues con la Revolución castrista… Con ellos sucede una cosa muy curiosa: tienen su historia muy reciente y conviven con ella.

¿En qué se ha convertido Cuba para usted?

Mi reto era intentar escribir el libro que siempre me hubiera gustado leer. Es una frase hecha pero es la realidad. Descubrí que lo que a mí me había pasado antes ya le sucedió a mucha otra gente, a españoles anónimos y a escritores con mayúsculas, como Federico García Lorca, Alberti, Juan Ramón Jiménez o Luis Cernuda… Esa sensación de ya vivido quizá venga porque la historia de Cuba es muy paralela a la de España; la historia de España no se podría explicar sin la historia de Cuba y viceversa. Este libro ha sido sobre todo un redescubrimiento. Vivimos en un mundo donde todo es ya conocido; Cuba es un destino masificado, y yo quería contar algo diferente al tópico, ir más allá; que el libro fuera un billete para que quien lo lea pueda conocer una Cuba diferente.

El título del libro es ‘Cuba más allá de Fidel’. ¿Más allá del régimen y de la postal turística, lo más sorprendente del país es el pueblo?

Sí, además este libro está escrito muy de la mano del pueblo cubano. Tiene el hilo conductor del viaje, pero va intercalando la historia de Cuba. En el viaje se reproducen muchos diálogos con la gente que me he ido encontrando, y parto de la idea de que lo que diferencia los lugares son sus personas, porque es lo que realmente te marca y te enriquece. Es un país que tiene un régimen dictatorial, totalitario e injusto, y al volver de allí te preguntas por qué merece la pena ir allí, más allá de su paisaje. Y la respuesta es por su gente. Una de las experiencias más sobrecogedoras para mí fue conocer la Sierra Maestra, donde la gente convive como aquí en la España de la posguerra; la gente allí se muestra como es, transparente, y eso es lo que realmente te marca.

Titula uno de sus capítulos ‘El paisaje es el cielo’. ¿Podríamos decir que en Cuba el paisaje son los rostros?

Pues sí, los rostros de la gente y sobre todo de los niños. Las mejores fotos que yo he visto certificando esto son las imágenes de retratos de Eduardo Margareto en la isla. Al final Cuba son los rostros de su gente y de sus niños, ante la situación que están, ante un futuro que nunca llega, porque todo es un presente cansado, Cuba mantiene la esperanza. La historia de Cuba es la historia por la libertad, e intentar decidir su propio futuro. Cuba, 500 años después de su redescubrimiento por Occidente, sigue sin decidir su propio futuro, que es algo que en Europa nos parece bastante normal, pero que allí sigue siendo una utopía.

¿Qué le atraía de las fotos de Margareto? ¿Qué aportaba al relato?

Las fotos de Eduardo te sacuden, no te dejan indiferente y te llegan al corazón. Al final, cuando unas fotos tienen alma, aparece el ‘duende’ del que hablaba Lorca o el ‘ajé’ del que hablan los cubanos, que viene a ser lo mismo. Ese algo, que ni se compra ni se vende sino que se tiene o no se tiene, está en esas imágenes. Las fotos de Eduardo tienen alma y ese trasfondo que les permite transmitir algo que no se ve.

En el libro comienza hablando del estrés, y una de las características primordiales de Cuba es el propio ritmo interno de esa sociedad.

Los cubanos se adueñan del tiempo, y si te crispas pierdes por KO. El régimen cubano actual ha enseñado al pueblo la peor lección que se puede aprender: que hagas lo que hagas, tu vida no va a mejorar. Al margen de esa ausencia de esperanza, que es tremenda, también influye la climatología; en Cuba tienen una humedad tremenda, aparte del calor, y la gente de allí vive a otro ritmo y tú chocas contra él. Si no modificas el chip vas directo a estrellarte. La última vez que he estado allí, decidí meter el reloj en la mochila cuando estaba en Barajas y realmente es lo mejor.

¿Ha buscado un equilibrio entre la anécdota y la historia?

Es un libro plagado de anécdotas, y en ellas encuentras las claves del día a día cubano. Por eso he querido dosificarlas. ‘Cuba más allá de Fidel’ se construye gracias a las pequeñas historias de la historia. Algunas son anónimas, otras curiosas, y he recogido relatos como la llegada de Sarah Bernhardt a La Habana y su romance con un torero español, o el amor en tierras castellanas de Javier Sotomayor y Ana Fidelia Quiroz, que terminó de una forma muy tortuosa en Cuba.

También recoge la evolución de la mafia y su influencia en la isla.

La Habana fue una ciudad deslumbrante porque la mafia norteamericana se repartía el mapa del juego, el crimen organizado y del alcohol desde Cuba, hasta tal punto de que llegaron a reservar todo el Hotel Nacional para una gran cumbre de la mafia norteamericana, y como no entraban tuvieron que irse a otros hoteles. La excusa era que les iba a cantar un chico de Sicilia que era Frank Sinatra. Cuba no se podría explicar sin la huella de la mafia, que quería hacer toda una Meca del juego desde La Habana hasta Varadero, con 140 kilómetros llenos de casinos.